23 ago 2009

Mandar callar en las aulas tiene un alto coste

Según un informe de la OCDE, nuestro profesorado dedica el 16% del tiempo de clase en mandar callar a los alumnos y poner un poco de orden en las aulas. ¿Saben lo que supone el 16% de clase? Si el horario semanal de la ESO es de 30 horas como regla general, equivale a 4,8 horas semanales. La misma carga lectiva que Lengua Castellana y más que Matemáticas. Con una asignatura así, los alumnos deberían saber callarse con que el profesor moviera una ceja.
¿Tienen una idea aproximada de lo que nos cuesta a los contribuyentes la falta de orden en las aulas? Si el sueldo de un licenciado, funcionario docente en la ESO, con 9 años de antigüedad, con 18 horas lectivas semanales, es de 42.033,44 euros, resulta que una hora de clase semanal en cómputo anual nos cuesta 2.335,19 euros. Multiplicada esta cantidad por las 4,8 horas semanales, se obtiene la cifra de 11.208,91 euros que cuesta «mandar callar» en un aula de la ESO al año. Si se multiplica esta cantidad por el número de unidades de ESO que existen en España (74.809) sabremos que el «no silencio» nos cuesta 838 millones de euros, entendido el coste como fondo público que no se utiliza con eficiencia.

Es cierto que entre alumnos de 12 a 16 años, con las hormonas a punto de nieve, puede resultar inevitable que haya cierto ruido de fondo a corregir, pero&hellip ¿tanto?. A este coste habría que sumar el de las bajas del profesorado provocadas por la indisciplina (depresiones, estrés, ansiedad, etc) y las consiguientes sustituciones. Para que los alumnos aprendan es imprescindible el orden en las aulas. El orden también tiene el valor educativo de aprender reglas de conducta y convivencia.Pero para aquellos que siguen pensando que esto del «orden» y las reglas son una antigualla rancia, vestigio de un autoritarismo que cercena la personalidad de los alumnos, sin valor pedagógico alguno, por favor, que acudan al criterio económico, y respondan si nos podemos permitir malgastar 838 millones de euros porque a los niños no les da la gana de guardar silencio mientras un profesor explica la lección.

La cadena hereditaria de la deuda externa

No es fruto de casuales ciclos económicos. La deuda externa, soportada por algunos pueblos es un instrumento de dominación.
Hoy no resulta creíble, ni honrado, engañarse con la injusticia que supone un mundo partido en dos, en el que unos soportan el bienestar de otros sufriendo enfermedades, hambre y la destrucción de su ecosistema.
La falta de futuro de unos ha sido diseñada concienzudamente para beneficiar a otros. La realidad de la globalización anula en ese proyecto la realidad del hombre. Reconozcamos que en el desarrollo de la mundialización cuentan cada día menos sus ciudadanos.
Es la compulsiva carrera por la acumulación, a la que es ajena un mínimo criterio de equidad. Sólo así se explica el que, en un mundo en el que cada día existe más riqueza, la pobreza ahoga cada día a más pueblos. Estos no mueren por falta de recursos, sino por ausencia de justicia.
La acumulación de una deuda externa insufrible sirve a los países acreedores para imponer condiciones draconianas. Instrumentos al servicio de estos, como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional dictan las reglas del juego. Sus programas son reconocidos como ejemplos de degradación medioambiental, corrupción, desplazamiento de poblaciones indefensas y miseria. Sobre todo miseria.
Respondiendo a su lógica economicista, que hace del capital un fin en sí mismo, obliga a reducciones drásticas de las inversiones en infraestructuras, sanidad o educación.
Es el sur de cada sur quien debe sufrir con mayor intensidad la falta de viviendas, de trabajo, de salud y de formación.
Arrancar el futuro a los pueblos genera pingües beneficios a los acreedores. No sólo elimina la competencia hundiendo su industria, sino que permite imponer recetas acordes con los intereses del club de prestamistas.
Ajenos, atiborrados, nos creemos salvados por la puñetera suerte de haber nacido donde lo hemos hecho, aunque sea de culo. Nos puede dar pena hasta dejar mil euros en la hucha del Domun, pero no nos incumbe.
Como si la máquina del pensamiento único pudiera pararse por sí sola, como si reconociera fronteras, sexos o colores. El incremento constante en la acumulación de capital, implica necesariamente, en su lógica, la extensión cualitativa y cuantitativa de la pobreza.
La globalización de la desigualdad facilita la importación de productos con los que, para competir, se argumenta la necesidad de degradar las condiciones laborales de los estados receptores. Esta degradación implica a su vez otra vuelta a la tuerca de la miseria en los países exportadores, para mantener a su vez la competitividad. Es el círculo vicioso que tiene como resultado la universalización de la miseria de la clase trabajadora y la concentración de la riqueza en manos de unos pocos.
Y cuando no se importan productos se importan seres humanos desesperados, carne de cañón para la explotación (sexual, laboral, qué mas da). Las pateras procuran, además de aminorar las condiciones laborales, un rechazo social que favorece la implantación de ideologías que viajan cómodas con la gran máquina.
Pero ha pasado también el momento de culpar al sistema de nuestro compulsivo consumismo. La sangre de sus fauces no sirve ya para limpiar nuestras conciencias. La falta de solidaridad que rige nuestros pasos puede estar alimentada por un mundo en el que valemos lo que tenemos, pero ninguna abstracción es responsable del polvo o la hierba que elegimos pisar. Somos adultos, responsables... culpables, en definitiva, de la usura que configura las relaciones económicas de nuestro planeta.
Cerca 300 millones de personas -la mitad de la población de África- viviendo bajo el nivel mínimo de subsistencia no necesitan palabras.
A 50 millones de personas obligadas a cambiar de lugar les sobran las palabras.
Empecemos por la exigencia de la condonación de la deuda externa. Por pura justicia, porque no son países, sino hombres, mujeres y niños, los que deben responder por las deudas contraídas, muchas veces, por tiranos a los que ni siquiera han elegido.
Pero no sería suficiente con ello. Se hace necesaria la globalización de las respuestas. No sólo la puesta en marcha de la tasa Tobin, sobre los movimientos especulativos de capital, sino la imposición de una tasa de Compensación para un comercio justo, donde se grave, aún manteniendo su condición competitiva, la importación de productos de acuerdo a un índice de degradación de las condiciones laborales, reintegrándose las cantidades recaudadas a los países exportadores para su reinversión en infraestructuras. De esta forma se rompería el círculo vicioso, evitando las tentaciones de rebajar las condiciones (en busca de la competitividad) en los países importadores y procurando la mejora de la de los exportadores.
Pero, estas u otras propuestas pasan por la modificación de enfoques y valores en nuestra aldea. Poner al hombre como objetivo y la economía como instrumento, y no al revés, sería cambiar el mundo.

Misión: Mozambique

El misionero aguilareño Alberto Vera Aréjula desarrolla su labor en Matola desde hace diez años donde, entre otras labores, dirige un colegio con 3.000 alumnos

El objetivo se encuentra a varios miles de kilómetros. En torno a 20 millones de personas -la mitad menor de 21 años- habitan un país que ocupa el doble que España -3.000 kilómetros separan el norte del sur-. La pobreza y los desastres naturales marcan el día de a día de una población que, a duras penas, logra sobrevivir. Allí, en la zona sur donde Matola es la ciudad de referencia, desarrolla su labor el misionero mercedario Alberto Vera Aréjula. Ahora, descansa unos días en su localidad natal, Aguilar del Río Alhama, pero no olvida lo que ha dejado atrás y aprovecha para difundir la labor misionera.

El Fondo Riojano de Cooperación aportará 75.000 euros para construir y equipar una biblioteca en la escuela que gestionan Vera y otros mercedarios. Así se lo hizo saber el consejero de Presidencia, Emilio del Río, al propio Vera el miércoles durante la presentación del proyecto.
Desde el 2000, Alberto Vera trabaja en Mozambique. Llegó tras una larga y sangrienta guerra civil -un millón de muertos- y unas devastadoras inundaciones. Se entregó a la reconstrucción de la zona. La misión se encuentra en el distrito de Matola, cerca de la capital, Maputo. En sus barrios periféricos se sitúan las distintas zonas y, en ellas, el abanico comprende desde viviendas que cuentan con los servicios elementales de luz y agua hasta las que carecen de todo.

Alberto forma equipo con otros dos mercedarios: José Antonio Marzo, de Igea, y José Antonio Marín, de Huesca. En el 2001, pusieron en marcha una escuela de Secundaria, conscientes de que de la educación sale el progreso y el desarrollo de los pueblos. En estos momentos, cuenta con 3.000 alumnos que acuden a sus aulas en turnos de mañana, tarde y noche. Algunos han llegado a la universidad.

Amplio trabajo

Desde su misión de evangelizar, el trabajo es amplio y abierto a todos. Los misioneros están al servicio de la diócesis y trabajan en la evangelización de su gente, dinamizan Cáritas diocesana (Alberto Vera es el director de la Cáritas diocesana de Maputo), se responsabilizan de la pastoral penitenciaria (atienden tres prisiones con más de 3.500 presos), participan en planes de desarrollo para la población, atienden el centro de salud donde cada día pasan unos 300 pacientes y llevan a cabo planes de educación en una sociedad machacada por el Sida (apadrinan 128 niños con becas personales).

También atienden a un grupo de seminaristas que se están preparando para el sacerdocio

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